Hay días en los que una noticia consigue atravesar la pantalla y quedarse dentro. Hoy es uno de esos días.
Miguel tenía 27 años. Veintisiete. Una edad en la que, en un mundo razonable, uno debería estar preocupado por llegar tarde a casa, por el trabajo del lunes, por una cita, por el alquiler, por qué hacer el próximo fin de semana o por cualquier otra de esas pequeñas cosas que construyen una vida. Miguel no debería estar muerto.
Murió después de sufrir una brutal agresión en la Playa de San Juan, en Alicante. Según ha denunciado la asociación LGTBIQ+ Alicante Entiende, la agresión podría haber comenzado después de que Miguel intentara ligar con otro chico, y la entidad reclama que se investigue la posible motivación homófoba de lo ocurrido. La Policía, por ahora, no considera que existan indicios de delito de odio. Esa diferencia importa y debe respetarse mientras la investigación siga abierta.
Pero hay algo que también importa y mucho.
Que un hombre pueda sentir miedo simplemente por mostrar interés por otro hombre.
Eso es lo que seguimos sin querer mirar de frente.
La homofobia no siempre aparece en forma de insulto, de pancarta, de amenaza o de agresión previamente anunciada. A veces está escondida en una mirada que cambia cuando alguien descubre que eres gay. En la mano que aparta a un hombre de otro porque alguien considera que dos hombres no deberían besarse. En el comentario de quien cree que dos mujeres que se quieren están provocando. En la risa de quienes utilizan «maricón» como insulto sin preguntarse siquiera qué están diciendo. En quien piensa que la orientación sexual de otra persona le concede algún derecho sobre ella.
Y, en sus formas más terribles, la homofobia puede convertirse en violencia.
Puede convertirse en miedo y puede convertirse en muerte.
Ser homosexual significa que, en determinadas circunstancias, incluso una situación tan cotidiana como intentar ligar puede llevar consigo una pregunta que los heterosexuales rara vez necesitan hacerse: ¿es seguro que le diga que me gusta?
Esa pregunta existe cuando estás en un bar, cuando sales de una discoteca. Existe cuando caminas por la calle con tu pareja o cuando quieres besar a la persona que quieres. Existe cuando no sabes cómo va a reaccionar el desconocido al que acabas de sonreír. Y existe aunque muchos prefieran fingir que no.
Porque el miedo también forma parte de la experiencia de muchos hombres homosexuales. Un miedo áspero que aparece en determinados lugares, con determinadas personas y en determinadas circunstancias. Miedo a tener esa necesidad absurda de medir las palabras, las miradas y los gestos antes de hacer algo tan sencillo como mostrar afecto.
Eso también es consecuencia de la homofobia. Y por eso resulta especialmente difícil escuchar, año tras año, que el Orgullo ya no tiene sentido.
Lo tendrá mientras haya personas que tengan miedo de ser quienes son, mientras un chico tenga que preguntarse qué puede ocurrir si intenta ligar con otro hombre, mientras dos hombres puedan sentirse obligados a mirar alrededor antes de besarse, mientras una pareja tenga que decidir si se da la mano dependiendo de la calle por la que camina, mientras un insulto homófobo siga provocando risas en lugar de rechazo, mientras haya jóvenes que crezcan pensando que hay algo malo en ellos. Y no mientras una agresión pueda terminar con un hombre de 27 años muerto
El Orgullo no nació porque necesitáramos una fiesta.
Nació porque durante demasiado tiempo les obligaron a esconderse. Porque hubo hombres y mujeres que perdieron sus trabajos, sus familias, su libertad y su dignidad por ser homosexuales. Porque hubo personas encarceladas. Porque hubo personas golpeadas. Porque hubo personas expulsadas de sus casas. Porque hubo personas que jamás pudieron pronunciar en voz alta el nombre de quien amaban. Y porque todavía hoy hay personas que no pueden hacerlo con la tranquilidad que deberían.
El Orgullo no significa que todos los homosexuales tengan miedo todo el tiempo. Significa que no deberían tener que sentir miedo nunca. La diferencia es enorme.
También hay algo que deberíamos dejar de hacer: convertir cada muerte en una guerra de etiquetas antes de conocer todos los hechos. Si finalmente se demuestra que detrás de la agresión a Miguel hubo una motivación homófoba, tendremos que llamarlo por su nombre sin suavizarlo: violencia homófoba.
Pero incluso mientras esperamos a que la investigación determine qué ocurrió exactamente, hay una certeza que nadie debería discutir: un hombre de 27 años ha muerto después de una agresión, y detrás de esa muerte hay una familia destrozada, personas que lo querían y una vida que ya no podrá continuar.
Miguel no debería convertirse en una cifra. Ni en un titular que mañana desaparecerá de las noticias. Ni en una discusión política. Ni en una pelea entre quienes consideran que el Orgullo sobra y quienes creemos que sigue siendo necesario.
Era una persona. Tenía 27 años. Y debería estar vivo.
Por eso, cuando alguien vuelva a decir que el Día del Orgullo ya no tiene sentido, quizá habría que preguntarle algo muy sencillo:
¿Cuánto tiene que cambiar todavía su realidad para que tú consideres que sí tiene sentido?
Porque mientras haya alguien que tenga que esconder a quién desea para sentirse seguro, mientras haya alguien que tenga miedo de coger de la mano a su pareja, mientras haya un adolescente aterrorizado ante la posibilidad de que sus compañeros descubran que es gay y mientras exista siquiera la posibilidad de que una persona sea atacada por mostrar interés hacia alguien de su mismo sexo, el Orgullo seguirá teniendo sentido.

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