Últimamente he pensado mucho en el rumbo que está tomando el género romántico. Lejos de quejarme, me gustaría invitar a una reflexión sobre la responsabilidad que todos —autores, editores, reseñadores y lectores— compartimos en la calidad de lo que publicamos y consumimos.

La responsabilidad es compartida.

Para que un libro llegue a las manos de un lector, hay una cadena de decisiones detrás. Y a veces, esa cadena falla:

Como autores: la democratización de la escritura es maravillosa, pero la autopublicación no puede ser un atajo para evitar el filtro de la calidad y sabemos que no todo lo que escribimos está listo para ser leído

 La industria editorial: a veces, el peso del beneficio inmediato nubla el criterio literario. Publicar por «rentabilidad», sin cuidar la obra, acaba devaluando el género.

La nueva crítica: reseñar es un oficio que requiere criterio. Cuando la amistad o el miedo a salir del «círculo» impiden la honestidad, perdemos la brújula. Si todas las reseñas son excelentes por compromiso, el lector queda desprotegido.

El lector: el último eslabón, pero el más importante. El «basta» del lector, su disconformidad es lo único que puede volver a elevar el listón.

No todo vale

Escribir es un arte y, como tal, requiere respeto por la técnica y por el público. La literatura romántica merece ser tratada con la misma exigencia que cualquier otro género. No deberíamos conformarnos con fórmulas vacías o textos sin pulir solo porque «venden».

La literatura sobrevive gracias a la honestidad. Si perdemos la capacidad de ser críticos con lo que escribimos y con lo que recomendamos, perdemos la esencia de lo que nos hizo amar los libros.

Me gustaría saber qué opináis. ¿Creéis que hemos bajado el listón de exigencia en favor de la inmediatez?


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