Cuando el amor se vuelve predecible
Hay romances que puedes adivinar desde la primera escena. No porque sean simples, sino porque parecen seguir un guion que ya hemos leído demasiadas veces. Y cuando eso pasa, algo se pierde. Se pierde la sorpresa, la verdad. Se pierde la sensación de que esos personajes podrían tomar decisiones distintas.
El conflicto no debería ser un trámite
No tengo nada en contra del conflicto en una historia. Al contrario. El conflicto es necesario. Pero cuando el conflicto se convierte en una obligación de la estructura —cuando dos personajes tienen que separarse para que la historia “funcione”— entonces deja de sentirse orgánico. Empieza a sentirse mecánico.
El amor no siempre necesita romperse para existir
Hay una idea muy extendida de que el amor tiene que pasar por el caos para ser real. Pero no siempre es así. No todas las relaciones necesitan destruirse para demostrarse. Ni todos los vínculos se entienden a través de la ruptura. A veces el amor también es estabilidad. También es aprendizaje sin desastre. También es construcción sin derrumbe previo.
Lo que me interesa contar
Como escritora, lo que me interesa no es repetir estructuras. Me interesa cuando los personajes no siguen el camino esperado. Cuando sus decisiones no están dictadas por la necesidad de encajar en un patrón. Cuando la relación no existe porque “toca que exista”, sino porque tiene sentido que ocurra. Me interesa el amor que no pide permiso para ser distinto.
Y entonces…
Quizá el problema no es la fórmula en sí. Quizá el problema es cuando dejamos de cuestionarla. Cuando asumimos que todas las historias de amor tienen que pasar por los mismos puntos, como si no hubiera otras formas de construirlo. Pero las hay. Y ahí es donde empieza lo interesante. Porque quizá no se trata de rechazar las historias que funcionan con esa fórmula. Se trata de recordar que no es la única forma posible de contar el amor. Y que cuando dejamos de repetir estructuras por inercia, empiezan a aparecer otras formas de construir relaciones en la ficción: más imperfectas, más humanas, más libres y no necesariamente mejores, pero sí más vivas.

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