Supongo que estarás tan sorprendido como yo e imagino que es porque nunca pensaste que podría escribir una antología de relatos; he de decirte que yo tampoco. No ha sido planeado ni planificado; de hecho, no atesoro libros de relatos.

Pero esta antología tiene un fin que no es otro que el de dar voz a quienes a menudo no son escuchados. A quienes sufren por lo que sienten, a los que no se atreven a dar un paso hacia adelante por miedo al desprecio, a la burla, a las miradas morbosas, a perder un puesto de trabajo o a no ser el candidato idóneo.

A quienes viven dentro de una mentira que mantienen a lo largo de los años.

Esta antología tiene el fin de visibilizar, de alguna modesta manera, el sufrimiento con el que viven tantas personas.

Porque, aunque hay quien cree que estamos victimizando la homosexualidad, la realidad es muy diferente.

Los homosexuales son víctimas creadas por quienes afirman que son enfermos o viciosos;  un defecto de la naturaleza al que hay que poner remedio.

Durante años han sido obligados a recibir terapias de conversión, basándose en que la homosexualidad es una enfermedad que puede curarse mediante prácticas que no solo son peligrosas, sino que no hay duda de que son indignas y poco éticas.

Durante décadas han sido muchos los países en que la homosexualidad estaba penada con la pena capital; hoy en día, sigue estando vigente en un buen número de ellos.

No pretendo dar datos, ni escribir una tesis, —no sabría hacerlo—,  pretendo, mediante la lectura, acercar al lector a una realidad, «la homosexualidad no es un trastorno mental ni una enfermedad, está reconocida como una variante natural de la sexualidad.

De igual manera, no es una elección, sino una orientación inherente a la persona».

Se habla de aceptación, de inclusión, de la desmitificación. Cuando en realidad de lo único que debería hablarse es del respeto hacia todos los seres humanos, porque ninguno de nosotros es mejor que nuestro vecino.

Si pudiésemos entrar en la mente de un niño o niña cuando descubre que se siente atraído por un compañero, compañera de su mismo sexo, podríamos sentir el miedo y rechazo que sienten. Veríamos cómo se desarrollan y se convierten en adultos, la mayoría de las veces con traumas no resueltos por vivencias que nadie debería vivir.

Bajo el cielo de Londres

Era una tarde gris en Londres; de esas que, por muchos años que pasen, uno no se acostumbra a la casi total ausencia de luz. La niebla —compañera inseparable durante la mayor parte del año— se espesaba entre las calles empedradas. El eco apagado de las ruedas de los carruajes era el único sonido que persistía, junto al pregón de algún vendedor ambulante, mientras los tenderos les arrojaban baldes de agua fría a su paso, empeñados en disuadirlos de robarles la clientela.

En un pequeño local del Soho, frecuentado por artistas e intelectuales, el aroma del café se mezclaba con el de los pasteles recién horneados y daba la bienvenida a cualquier varón que hubiese pagado la cuota de socio. Las conversaciones se sostenían en voz baja, como si las palabras, allí dentro, también tuvieran modales.

Y entre los clientes, como cada martes desde hacía un tiempo, Thomas ocupaba una mesa apartada. Siempre llegaba primero. No porque fuera puntual, sino porque no soportaba esperar fuera. Esperar implicaba ser visto.

Tenía veinticuatro años y aspiraba a vivir de la escritura. El pelo castaño le caía desordenado sobre la frente. Se lo apartaba a ratos con un gesto impaciente, como si, a ojos de los clientes, el cabello interrumpiera el hilo de sus ideas.

Miraba con fijeza las páginas del cuaderno, manchadas de tinta, con márgenes invadidos por notas, líneas reescritas, palabras tachadas.

Pero aquella concentración era fingida: el cuaderno no era más que una coartada.

De vez en cuando alzaba la cabeza y clavaba los ojos verdes en la puerta.

Le bastaba el roce del aire cuando esta se abría para que el pulso se le acelerara: cada entrada podía ser la suya.

No tardó en aparecer un hombre alto, de presencia imponente, que parecía llevar el mundo bien abrochado a la chaqueta. Era Edward, segundo hijo del conde de Southampton, que, a diferencia de su hermano mayor —el heredero—, había tenido que labrarse su propio porvenir. Había estudiado Derecho y, en poco tiempo, se convirtió en un abogado respetado: astuto ante el tribunal, íntegro fuera de él.

Sin embargo, casi nadie sospechaba lo esencial, eso que escondía bajo el atuendo impecable.

Sus ojos oscuros brillaban con tal intensidad que, cuando Thomas los sentía sobre sí, se quedaba sin aliento. Edward conocía bien el efecto. Por eso, aquella tarde, al cruzar la mirada con él, dejó que una sonrisa apenas visible le curvara la boca mientras se acercaba a su mesa.

—Perdona la tardanza —dijo Edward al sentarse frente a Thomas—. La corte se ha alargado.

—No te preocupes —murmuró Thomas.

Edward hizo una seña discreta al camarero. No lo miró de más; no era necesario. Después, apoyó los dedos en la mesa, una presión breve, para que Thomas entendiera que había estado pensando en él todo el día. Era su manera de decirlo sin palabras.

—¿Qué tal la semana?

—Larga… demasiado larga —respondió Thomas, peleando por no dejar asomar la tristeza.

Sobre la mesa redonda, los dedos de ambos tamborileaban con nerviosismo. Necesitaban un contacto que se les negaba; ansiaban el calor de las palmas unidas. Aun así, repitieron la rutina de siempre.

Hablaron de literatura, de política, de cualquier tema que les sirviera de pantalla; de todo aquello que no despertara sospechas.

A ratos, Thomas hablaba demasiado deprisa, como si las frases pudieran tapar el temblor de sus manos. Edward lo seguía con una paciencia que parecía infinita. Incluso cuando discutían sobre un poema o una noticia del día, lo que de verdad estaban midiendo era otra cosa: cuánto riesgo podían soportar sin romperse.

Eran dos hombres atrapados en un mundo incapaz de tolerar su amor, una sociedad pronta a castigar lo que no comprendía. Las tardes —o las noches robadas— en que se atrevían a vivir su amor transcurrían bajo la amenaza de ser descubiertos. Sus besos, sus caricias, incluso los «te amo», quedaban confinados a una habitación triste y solitaria en un prostíbulo, donde la discreción se compraba con la cuantiosa suma que Edward dejaba sobre la mesa.

El lugar olía a jabón barato y a humedad, a promesas hechas para no cumplirse. La cama crujía aunque nadie se moviera y, al otro lado de la pared, se filtraban risas que no tenían nada que ver con ellos. Allí, donde todo se vendía, ellos intentaban salvar algo que no se podía comprar: un instante de verdad.

Edward llevaba semanas observando posibles caminos, preguntando a medias, buscando excusas para ausentarse de la ciudad sin levantar sospechas ni incitar a preguntas que no podría contestar. Había aprendido que la libertad también se tramaba con contratos, nombres falsos, direcciones que no delataran a nadie.

Y, aun así, lo que más le asustaba no era el mundo, sino la idea de que Thomas dijera que no.

Sin embargo, en aquel rincón del café, el mundo exterior se desdibujaba. Allí, a los ojos ajenos, no eran más que dos hombres que compartían ideas: conversaban, nada más, igual que el resto. Y, aun así, en ese «nada» cabía todo lo que no podían nombrar.

Se necesitaban con una urgencia casi dolorosa. Los encuentros en el café se hicieron más frecuentes y, cuando por fin se sentaban frente a frente, el tiempo parecía rendirse. Una mirada, un roce accidental de manos bastaban para encenderles el pecho.

Una de esas tardes, con un nudo en la garganta, Edward le habló de un plan que llevaba tiempo persiguiéndolo. Lo había revisado mil veces y no encontraba grietas: compraría una finca lejos de Londres, un lugar solo para ellos. Ya no soportaba ver a Thomas vestirse después de una tarde de placer y observar cómo se marchaba por la puerta trasera, como si hubiera cometido un robo.

Estaba cansado de acariciar su piel sabiendo que esas sábanas guardaban el rastro de otros cuerpos. Thomas merecía algo mejor; él también. Vivían su amor bajo la sombra constante de un delito.

En la finca, al menos durante unas horas, podrían respirar sin miedo.

Thomas quiso negarse al principio —la prudencia le mordía la lengua—, pero acabó cediendo ante la determinación serena de Edward.

Una tarde, tras pasar tres largas horas en el café, quisieron pasear por Hyde Park. Ese día, como casi todos, la niebla envolvía los senderos.

Caminaban sin prisa, hablando de cualquier cosa, porque lo único que importaba era el tiempo que se robaban para estar juntos.

En un cruce, sus hombros se rozaron por accidente. Ninguno se apartó de inmediato. Solo fue un segundo, lo justo para que Thomas sintiera el calor de Edward atravesando la tela, y para que ambos recordaran que, incluso allí, al aire libre, estaban aprendiendo a amarse a escondidas.

Al llegar al lago Serpentine, en el centro del parque, se detuvieron para contemplar el espectáculo de las aves.

El agua era un espejo turbio donde las aves se deslizaban con serenidad. Thomas siguió con la vista el rastro que dejaba un cisne y pensó, con una punzada, que la libertad podía ser algo tan sencillo como avanzar sin que nadie te grite tu nombre con odio.

—Edward, ¿qué pasaría si el mundo lo supiera…? —preguntó Thomas, con la voz temblorosa.

No era solo miedo a la cárcel.

Era miedo a la mirada del padre, al silencio de la madre, a la palabra que se quedaría pegada a sus nombres para siempre. Era miedo a que, un día cualquiera, el mundo les arrancara lo único que tenían y lo exhibiera como trofeo.

Edward tardó un instante en responder. Miró alrededor —solo había niebla y senderos vacíos—, como si necesitara asegurarse de que el mundo no les estaba escuchando.

Entonces, por fin, entrelazó sus dedos con los de Thomas. Era un gesto pequeño, casi doméstico, y precisamente por eso resultaba tan peligroso.

—No podemos permitirnos vivir en ese «y si», Tom —murmuró; en sus ojos brillaban lágrimas contenidas—. Lo que tú y yo sentimos es real. Aférrate a eso.

Al día siguiente repitieron el paseo. Pero mientras avanzaban por las calles oscuras que conducían al parque, el destino les tendió una emboscada.

Un grupo de hombres surgió de la nada y, tras escupir insultos y amenazas, se abalanzó sobre ellos. Edward se deshizo de dos agresores e intentó cubrir a Thomas con su cuerpo.

Todo ocurrió demasiado rápido. Un puño chocó contra la mandíbula de Thomas y el sabor metálico de la sangre le subió a la lengua.

Tropezó con una piedra y cayó de rodillas. Oyó a Edward maldecir una palabra cortada por otro golpe y, durante un instante, solo distinguió sombras moviéndose en la niebla, como si la propia ciudad se hubiera vuelto contra ellos.

—¡Dejadlo en paz! —gritó Edward, empujando a uno de ellos.

Alguien gritó desde una esquina. Se escucharon pasos apresurados, un silbato, el golpe de una puerta al abrirse. Por un momento, Thomas creyó que aquello bastaría para que los atacantes huyeran. Pero el odio, cuando se siente impune, se aferra.

La violencia estalló. Thomas vio, por primera vez, cómo sus temores se volvían carne.

Un frío helador le invadió por dentro: iban a matarlos porque su amor, para otros, era un crimen.

La pelea atrajo a agentes de Scotland Yard, pero cuando todo terminó, los únicos esposados fueron ellos dos.

Los agentes hicieron preguntas que ya venían respondidas en su cabeza. Miraban a Edward y a Thomas como si la explicación estuviera escrita en sus cuerpos, como si el golpe no importara y la defensa fuera un acto culpable. Un vecino señaló hacia ellos con el mentón; otro murmuró una palabra que Thomas no quiso entender. Y entonces las esposas cerraron, frías y definitivas en sus muñecas.

Todos los caminos llevan a Roma, pero el 48 no tenía salida.

La semana posterior al arresto los arrojó a un juicio multitudinario. Los días se volvieron una sucesión de pasillos, interrogatorios y puertas que se cerraban. La sociedad, rígida y moralista, no toleraba un escándalo así, y menos si salpicaba a uno de los suyos. Edward lo supo desde el primer momento: ya estaba sentenciado. La presión se les pegaba a la piel; las miradas acusadoras los seguían incluso cuando cerraban los ojos. Y, aun con todo en contra, él se mantuvo firme, defendiendo su amor, mientras Thomas luchaba contra el miedo a lo que vendría.

No les permitieron hablar a solas. A veces coincidían en un corredor, apenas a unos pasos de distancia, y eso era todo: una mirada, un gesto mínimo, la certeza de que el otro seguía allí. Thomas intentó escribir una carta, pero le temblaba tanto la mano que rompió el papel. ¿Cómo se le escribe a alguien cuando todo lo que sientes puede usarse en tu contra?

A él lo condenarían, pero ¿y a Edward? ¿Al hijo de un conde? Solo imaginarlo le revolvía el estómago. Habría dado la vida por ahorrarle aquella humillación y el dolor que le impondrían.

Finalmente, tras la deliberación del jurado, los condujeron ante el tribunal. Las calles estaban atestadas de gente, ansiosa por verlos pasar.

Dentro de un carruaje policial, escoltados por seis agentes, Thomas y Edward se vieron por primera vez en diez días. Hicieron el trayecto con las manos enlazadas, oyendo, a través de la madera y el cristal, los improperios que les lanzaban a su paso.

Al detenerse frente al edificio Old Bailey, donde se juzgaban los actos más graves, Thomas miró a Edward.

—Te amo.

No llegó a escuchar su respuesta. La puerta del carruaje se abrió de golpe y los sacaron a la fuerza. Sujetos por los brazos —dos policías por cada uno—, los obligaron a avanzar mientras el gentío rugía.

En la sala, de pie, aguardaban el padre y el hermano mayor de Edward; ninguno lo miró. Del lado de Thomas, su madre lloraba desconsolada y, aun así, no intentó acercarse.

Los dos hombres, uno al lado del otro y custodiados por varios agentes, escucharon el veredicto.

—Culpables de sodomía.

La sala entera, incluso la gente arremolinada en el exterior, contuvo el aliento. En los últimos años, la Corona había derogado e instaurado varias veces el delito capital para cualquiera que «cometiera el detestable y abominable vicio de la sodomía con seres humanos o bestias».

Cuando el juez, con voz grave, anunció la pena capital para ambos, estallaron los vítores y los aplausos.

Pasarían sus últimos días en la prisión de Newgate, hasta el día en que serían ahorcados.

La palabra Newgate les cayó encima como un portón. Thomas la había oído en boca de otros, siempre en susurro, siempre con esa mezcla de morbo y repulsión. Imaginó paredes oscuras, aire rancio, tiempo detenido. Lo peor no era el lugar, sino la espera: cada amanecer sería una cuenta atrás.

Al primero que se llevaron fue a Thomas, seguido de Edward.

En el exterior esperaban dos carruajes. Habían llegado en el mismo, pero la vuelta la harían separados.

Los empujaron hacia direcciones distintas. Thomas giró la cabeza una y otra vez, buscando a Edward entre uniformes y hombros ajenos. Quiso gritar su nombre, pero el nombre también podía ser una soga. Se tragó el impulso y lo guardó en el pecho, donde el miedo ya hacía sitio para el vacío.

Entonces, como si el cuerpo recordara antes que la razón, Edward se zafó del agarre de los guardias y sujetó el rostro de Thomas con ambas manos para besarlo. No hubo desesperación, sino una ternura feroz: se besaron como tantas veces, con el corazón por delante.

Durante un instante, todo lo demás desapareció: los gritos, la multitud, el peso de las manos que intentaban separarlos. Thomas solo sintió la presión de los dedos en su rostro, la urgencia de ese beso que no pedía permiso. Supo que la memoria —la suya, la de Edward— tendría que sostenerlos cuando ya no quedara nada más.

Los separaron a la fuerza. Y, en el último segundo que les concedieron, Edward le sonrió a Thomas.

Thomas quiso aferrarse a esa sonrisa como a una promesa. Si el mundo les quitaba el futuro, al menos no podría tocar lo que ya había ocurrido. Lo que habían sido el uno para el otro. Aunque fuera en secreto, no cabía en ninguna sentencia.

—Yo también te amo. Y ahora lo sé: será para siempre.

Vega Quinn


2 respuestas a «Relatos; historias de vida»

  1. Avatar de Maria Jose
    Maria Jose

    Mucha fuerza… Siempre escribes relatos muy potentes.Dura,entrañable, triste.Gracias por compartirlo.

    1. Avatar de VegaQuinn

      Gracias a ti, Montesinos, por leerlo.

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